Hay rostros que se quedan para siempre, como si Dios hubiera dibujado en ellos algo que el alma reconoce.
Tu cabello, negro como la noche,
cae sobre tus hombros como cascadas hacia abismos eternos, y en cada hebra parece esconderse el deseo de proteger aquello que ni siquiera el amor se atreve a tocar.
Tus cejas son dos arcos perfectos, dos pinceladas de un artista enamorado, que custodian esos ojos marrones donde tantas veces me he quedado.
Y qué decir de tus ojos…
No son grandes por su tamaño,
sino por todo lo que cabe dentro.
Tienen la calma de una tarde sin viento, la profundidad de una historia no contada y esa manera tan tuya de mirar como si hablaras sin mover los labios.
Tu nariz, pequeña y delicada,
dibuja el centro de tu armonía,
y tus mejillas, suavemente redondeadas, parecen guardar la última caricia del día.
Pero tus labios…
Ah, tus labios.
Tienen el color de las rosas
cuando el verano comienza a despedirse, la forma de una promesa que no necesita pronunciarse, y esa curva tan sutil
donde una sonrisa parece estar esperando el momento preciso para nacer.
Tu mentón dibuja suavemente
el final de una obra perfecta,
y el óvalo de tu rostro
tiene esa belleza serena
que no necesita adornos
ni pedir permiso para ser admirada.
Y hay algo más…
Algo que ninguna fotografía consigue explicar.
Es esa mezcla de dulzura y carácter, de misterio y ternura,
de una mujer que parece guardar
mil historias detrás de sus ojos
y mil palabras detrás de sus labios.
Diría que tu rostro
tiene la extraña virtud
de detener mis pensamientos,
de convertir una mirada en poesía
y de hacer que un hombre
que ha escrito tantas veces sobre el amor descubra que todavía
le quedan palabras por inventar.
Oscar Deblasi
The Silent Feather 🪶